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Posts Tagged ‘Cantavieja’

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Me quedé mirando el asiento vacío enfrente de mí…

Hace unos pocos años viajé sola unos días de vacaciones a la zona del Maestrazgo de Teruel y la montaña de Castellón.

Me encantó la zona pero la sensación de soledad fue tan fuerte que no he vuelto a hacerlo. Desde entonces, aunque en algún momento viajo sola (cada vez menos), suelo quedar con amigos o familiares y ya no es lo mismo.

Llegué por la tarde a Morella, precioso paraje… Mientras busqué el hotel y di una ojeada al pueblo apenas me dio tiempo de echar algo de menos. Era septiembre, con calor de día y temperatura un poco más fresca por la noche. Al amanecer la niebla formaba un manto blanco que apenas dejaba ver el pueblo.

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No os voy a contar cómo es Morella, en las fotos lo véis. Ni de los demás sitios que visité, que fueron muchos y todos una maravilla, hasta me perdí en el monte por fiarme del Tomtom… Aquí se trata de hablar de la soledad de algunas vacaciones.

La primera noche estaba cansada después de conducir cientos de kilómetros y dormí relativamente bien. Pero ya en en desayuno me encontraba extraña, había dos o tres parejas, algunas familias con niños, varios jóvenes que parecía viajaran juntos y yo. Desayuné deprisa y me dispuse a visitar el pueblo.

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¿Qué haces cuando estás sola? Andas, andas, andas… hasta que te duelen los pies porque, aunque te apetecería tomar una cerveza mientras descansas un poco, no lo haces porque no tienes con quien compartirlo.

Llega la hora de comer, pasar las dos, las dos y media, las tres… no puedes demorarlo más o te quedas sin comer. Buscas una mesa en el rincón y te pones de espalda a la gente para que no adviertan tu soledad. Te da lo mismo comer un sabroso solomillo que un trozo de pizza, lo que quieres es hacerlo deprisa y desaparecer. Miras el asiento de entrente, está vacío, todas las palabras, todas las sonrisas que quisieras decicarle, se quedan en el aire.

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Y te dedicas de nuevo a caminar (en coche o andando, depente) Haces fotos, te maravillas con algunas cosas, buscas algún banco a la sombra para descansar un poco y seguir adelante.

Se hace de noche y hay que cenar, a veces entras a un super, compras media barra de pan y un poco de jamón y te refugias en la habitación para no enfrentarte de nuevo a ese hueco vacío del otro lado de la mesa.

Tienes una habitación enorme, con una enorme cama o, más frecuentemente, dos unidas. Y no te apetece ni meterte, a veces te despierta el amanecer sin haber deshecho la cama.

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Y al día siguiente igual, y al otro, y al otro… visitas sitios diferentes y disfrutas de esos momentos de conocimiento, pero la soledad ya la llevas pegada a la piel como una lapa. Llegas a sentir la necesidad de que todo acabe y volver a casa, también sola, pero en tu ambiente.

Me he acordado de este viaje, porque ahora que estoy de baja laboral por una operación reciente, echo mucho de menos a una persona que me acompañe, que me haga sentir que no estoy sola… Igual que sentí en aquellas vacaciones. La soledad puede ser buena e incluso deseada en ocasiones, pero otras (las más) es opresiva y dolorosa.

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