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Archive for 19/05/18

otoño 011 .

¿Os acordáis de esa niña que se perdió en un mes de octubre,

de hace un montón de años?

era otoño, como ahora.

.

Aquella tarde, una pesada puerta de madera,

con herrajes de metal, se cerró tras de mí.

El cambio de vida fue radical tras la llegada al internado.

De vivir en el campo, todo el día en la calle, trasteando,

jugando con los chicos, entre animales y naturaleza,

pasé a vivir en una especie de caserón, rodeado de un alto muro,

viendo, apenas, un trocito de azul del cielo.

Durante los primeros días, no eché a faltar nada…

la emoción de lo desconocido me tenía ocupada la mente, supongo.

Por las noches, después de acostanos oía llorar a mis compañeras,

pero yo no recuerdo haber llorado nunca en la cama,

creo que sólo lo hice un año por mi cumpleaños,

aquel año que no recibí carta de mi madre… 

. puerta

La vida en el colegio era monótona y disciplinada.

A las 7 nos levantábamos para ir a misa,

y luego, entre las 8,30 de la mañana

y las 9 de la noche, que nos íbamos a la cama,

se desarrollaba el resto del día.

Clases, horas de estudio y rosario.

A mediodía, a las internas, después de comer,

nos llevaban de paseo por las afueras del pueblo,

en dirección al muro del pantano

hasta el “convento caído”,

un monasterio derruído, hoy ya restaurado.

¿Imagináis? todas en fila india por la orilla de la carretera,

con una monja abriendo el cortejo y otra cerrándolo.

A las ocho la cena,

luego un ratito de patio y a las nueve ya estábamos en la cama…

Se imponía el silencio y una monja hacía guardia

hasta que no se oía nada. Chissss… ¡a callar!

Y para no perdernos de vista,

tenía su cuarto en un rincón del dormitorio.

.

Yo empezaba a echar de menos la libertad del campo,

pero siempre he sido fuerte y pensé que aquello era lo que tenía

y había que apechugar con ello. pantano

Era una niña simpática, despierta, amistosa

y me granjeé la estima de las monjas y de mis compañeras.

Buena estudiante, destacaba, siempre de las primeras de la clase.

Pero era algo a lo que no daba importancia, no era nada empollona,

pero aprendía con facilidad.

.

Esos primeros años fueron todos iguales,

me pasaba el trimestre sin salir del colegio,

con escasas visitas, o ninguna…

En vacaciones de Navidad y Semana Santa

me repartían entre mi abuela y mis tíos y en verano iba al pueblo,

¡lo que disfrutaba yo en aquellos veranos!

Entonces volvía a ser la niña de siempre,

la de las correrías por el campo, la de las risas,

intentaba atrapar el paisaje en mis ojos,

recorría los montes, la dehesa, la cueva del moro…

Volvía a ser yo, me llenaba de los sonidos del campo,

de los aromas, de los colores, 

¡otra vez, el potrillo galopando…!

A primera vista, no parecía que estuviera haciendo demasiado efecto

el paso por el colegio para convertirme en una señorita,

pero aún era pronto,

yo aún era un crisálida que un día se convertiría en mariposa.

.

medalla

La beca que me habían concedido,

apenas llegaba para pagar un trimestre del internado,

y mi madre se hacía cargo de todos mis gastos.

En estos siete años recibí una sola vez la visita de mi padre,

recuerdo que me llevó a comer a un restaurante,

me paseó en su coche hasta un pueblo cercano,

me compró una medalla y una cadena de oro,

que conservé hasta que un día,

cuando mis hijos eran pequeños,

vendí todas las cositas de oro que tenía,

que no eran muchas, para llegar a fin de mes…

(pero esa es otra historia)

Durante un tiempo nos carteamos,

hasta que en una carta se despachó a gusto contra mi madre.

Yo, aunque niña todavía, tenía convicciones firmes

y allí se acabó la correspondencia.

.

Creo que no fui muy feliz, pero ya en aquellos tiempos,

sin saber aún lo que significaba,

mantenía una actitud estoica ante la vida,

las cosas eran así, y había que aceptarlas de la mejor manera posible.

Y fueron pasando cosas,

los tiempos también cambiaron,

y en el internado algo empezó a cambiar también.

lapices

Y mientras… 

yo me iba alejando por momentos de la niña de las trenzas,

aquella niña que se perdió un día de octubre,

entre los pasillos solitarios de un caserón oscuro…

¡el internado!.

 

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