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iglesuela 058

Me quedé mirando el asiento vacío enfrente de mí…

Hace unos pocos años viajé sola unos días de vacaciones a la zona del Maestrazgo de Teruel y la montaña de Castellón.

Me encantó la zona pero la sensación de soledad fue tan fuerte que no he vuelto a hacerlo. Desde entonces, aunque en algún momento viajo sola (cada vez menos), suelo quedar con amigos o familiares y ya no es lo mismo.

Llegué por la tarde a Morella, precioso paraje… Mientras busqué el hotel y di una ojeada al pueblo apenas me dio tiempo de echar algo de menos. Era septiembre, con calor de día y temperatura un poco más fresca por la noche. Al amanecer la niebla formaba un manto blanco que apenas dejaba ver el pueblo.

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No os voy a contar cómo es Morella, en las fotos lo véis. Ni de los demás sitios que visité, que fueron muchos y todos una maravilla, hasta me perdí en el monte por fiarme del Tomtom… Aquí se trata de hablar de la soledad de algunas vacaciones.

La primera noche estaba cansada después de conducir cientos de kilómetros y dormí relativamente bien. Pero ya en en desayuno me encontraba extraña, había dos o tres parejas, algunas familias con niños, varios jóvenes que parecía viajaran juntos y yo. Desayuné deprisa y me dispuse a visitar el pueblo.

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¿Qué haces cuando estás sola? Andas, andas, andas… hasta que te duelen los pies porque, aunque te apetecería tomar una cerveza mientras descansas un poco, no lo haces porque no tienes con quien compartirlo.

Llega la hora de comer, pasar las dos, las dos y media, las tres… no puedes demorarlo más o te quedas sin comer. Buscas una mesa en el rincón y te pones de espalda a la gente para que no adviertan tu soledad. Te da lo mismo comer un sabroso solomillo que un trozo de pizza, lo que quieres es hacerlo deprisa y desaparecer. Miras el asiento de entrente, está vacío, todas las palabras, todas las sonrisas que quisieras decicarle, se quedan en el aire.

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Y te dedicas de nuevo a caminar (en coche o andando, depente) Haces fotos, te maravillas con algunas cosas, buscas algún banco a la sombra para descansar un poco y seguir adelante.

Se hace de noche y hay que cenar, a veces entras a un super, compras media barra de pan y un poco de jamón y te refugias en la habitación para no enfrentarte de nuevo a ese hueco vacío del otro lado de la mesa.

Tienes una habitación enorme, con una enorme cama o, más frecuentemente, dos unidas. Y no te apetece ni meterte, a veces te despierta el amanecer sin haber deshecho la cama.

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Y al día siguiente igual, y al otro, y al otro… visitas sitios diferentes y disfrutas de esos momentos de conocimiento, pero la soledad ya la llevas pegada a la piel como una lapa. Llegas a sentir la necesidad de que todo acabe y volver a casa, también sola, pero en tu ambiente.

Me he acordado de este viaje, porque ahora que estoy de baja laboral por una operación reciente, echo mucho de menos a una persona que me acompañe, que me haga sentir que no estoy sola… Igual que sentí en aquellas vacaciones. La soledad puede ser buena e incluso deseada en ocasiones, pero otras (las más) es opresiva y dolorosa.

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DESPERTAR

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Tan solo un sueño…

Eran sueño tus palabras,

sueño tus besos,

sueño tus te quiero.

De pronto desperté

y encontré un desconocido

ente las frías sábanas

de mi soledad.

(Estrella)

 

Tras unos cuantos días ausente por una intervención quirúrgica a la que me he sometido, vuelvo de nuevo por aquí, aunque sin mucho ánimo ni mucha inspiración, supongo que los días de hospital han dejado vacía mi mente, no he tenido ni ganas de abrir el ordenador.

Quizá también me han hecho darme cuenta (aún más) lo sola que estoy. Pero ya estoy mejor y con ganas de mimarme un poco, que ya es hora. Espero poco a poco ir recuperando esas musas que han huído de mí, “como alma que lleva el diablo…”

.

Recupero el primer post que publiqué en Worpress. Al poco tiempo la casa de mi abuela se quemó en un incendio y no he vuelto a ir por allí. Hay días que siento añoranza de aquellos tiempos en los que empezaba a vivir.

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Ocurrió en el pasado otoño.

Salí de casa temprano. El sol lucía claro y el cielo estaba moteado de nubes blancas.

El paisaje fue cambiando poco a poco, kilómetro a kilómetro, hasta pasar de la llanura burgalesa a la montaña palentina.

El tinte tostado de los campos de trigo ya cosechados, fue dejando paso, según me iba acercando a mi destino, al amarillo brillante de los campos de girasoles y el verde de los patatales y éstos a su vez también quedaron atrás, apareciendo matorrales y pequeños bosques de encinas y avellanos.

Dejé atrás las curvas del pantano de Requejada, primer pantano de los que alimenta el río Pisuerga en su camino hasta el Duero.

Un río Pisuerga aún en pañales por esa zona, a poco más de una veintena de kilómetros de su nacimiento, en la cueva del Cobre.

El camino que iba haciendo con el coche era, al mismo tiempo, conocido y desconocido para mí. Era conocido para aquella niña de las trenzas que, apesadumbrada, iba en el coche de línea al internado y que, con temor contemplaba, en los inviernos nevados,como el agua del pantano casi alcanzaba la altura de la carretera.

Y era desconocido para la mujer madura que, con ojos curiosos, intentaba encontrar aquella infancia perdida.


Aún lucía el sol cuando llegué al lugar donde, una noche de luna llena y campos nevados que relucían con su reflejo, aterricé en este mundo de luces y sombras.

Miré todo con ojos curiosos, creo que, aunque he estado algunas otras veces siendo adulta, nunca lo había mirado con esos ojos, escudriñando donde había quedado escondida mi niñez.

La casa que me vio nacer, la casa de mi abuela, presentaba un aspecto casi ruinoso, el corral invadido de malas hierbas, la pared abombada, la puerta que apenas podía abrirse.

Cerré los ojos y me vi asomada a la ventana, contemplando las mañanas claras y luminosas del verano.

Me adentré por la calleja hasta la fuente de la que apenas quedaba un chorro con cuatro gotas de agua.

Y en el callejón, los morales en los que me entretenía en mi camino, ya no existían.

Quizá los sapos, que en la noche se cruzaban entre mis pies y que tanto repelús me daban, sigan saliendo por las noches, no sé…

Todo parecía empequeñecido a mis ojos, ¿había cambiado el pueblo o había cambiado yo?

Del escobar donde íbamos a recoger ramos para encender la lumbre, apenas queda nada, ha sido arrasado por una plaga y la peña Tremaya sigue dominando el paisaje.

Las vacas siguen pastando, pero falta algo, todo ha empequeñecido, faltan risas, faltan niños jugando al escondite en la carretera, faltan los perros y los gatos, falta vida…

Las casas están cerradas casi todo el año y se nota, ni siquiera existe la cantina donde íbamos a por dos reales de aceitunas, una botella de vinagre o una lata de berberechos para hacer el arroz el día de San Miguel, la fiesta del pueblo, mientras las campanas de la iglesia tocaban a misa…

Lo miré todo con aire de tristeza,encontré a faltar la alegría, la emoción, la ilusión de los pocos años.

El tiempo había pasado y allí había quedado enterrada una parte de mí, en aquel momento supe que algo que buscaba se había perdido para siempre y me sentí desvalida, como que hubiera perdido mi norte.

Fue una sensación extraña, la sensación de no pertenecer a ninguna parte, de ser una estrella errante en busca de su destino.


Esa fue mi primera impresión al volver a mi pueblo, hubo alguna más que quizá otro día os iré contando.

 

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MÚSICA VITAL

piano                                                                         foto bajada de la red

.

Mis dedos se deslizan por las teclas de mis días

escribiendo la sinfonía inacabada de mi vida.

(Estrella)

.

PRIMAVERA

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Cuando el miedo te atenace

y las lágrimas enturbien tus ojos,

piensa en tu mejor primavera,

cuando las rosas brotan

tras un invierno crudo y frío,

y sentirás la libertad de renacer.

(Estrella)

,

YA NO QUIERO

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Ya no quiero que me escribas

ni que me digas te quiero.

Ya no quiero más tus besos

ni que me recites versos.

Ya no quiero tu ternura

que me lleva a la locura,

ni quiero que me visites

en sueños de medianoche.

Ya no quiero ser tu aurora

ni tu atardecer siquiera.

Ya no quiero despertar

de madrugada, buscándote,

y al no encontrarte, llorar

y maldecir no tenerte…

Te ofrecí un gran amor

pero no fue suficiente,

por eso, tras la derrota,

me rindo ya para siempre.

.

Tú pediste ser mi amigo

yo no quise ser tu amiga,

solo quise ser la estrella

que iluminase tu norte.

Ahora tu tiempo ha pasado

y seré lo que tú quieres,

seré una amiga cualquiera

que te pregunte por todo

o no te pregunte nada.

Ya sólo quiero saber

si en la salud te va bien,

si ya eres casi feliz. 

…Y si te acuerdas de mí,

prefiero no preguntarte

porque si dices que sí

corro el peligro después

de decir que yo también

y volver a las andadas…

(Estrella)

.

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Existe la persona,
esa persona que un día ilumina tu vida,
que no sabes ni cómo ni porqué,
pero que, desde ese día,
cuando te mira,
o te habla,
o te sonríe,
el sol brilla más fuerte.
.
Existe la persona,
esa que hace que tu cuerpo se encienda
cuando la piensas…
que sabes que, sin tiempo ni espacio,
está ahí, contigo,
aunque no esté,
está en tu pensamiento, en tu corazón,
te hace gozar y te duele al mismo tiempo.
.
Existe la persona,
esa que hace que tu soledad se desvanezca
cuando posa sus ojos en ti,
esa que hace que te sientas una reina
y que se pare el mundo
cuando está a tu lado,
quien te hace sentir que la vida sin ella,
no parezca vida…
.
Existe la persona,
esa que hace que tu mirada se fije en el horizonte
y veas, sin ver,
que sientas una emoción que vaga en el aire,
un deseo, un palpitar acelerado,
un rayo de luz que te deslumbra.
En algún sitio está, sueño o realidad,
y la ilusión vive mientras viva esa esperanza.

Después de sentir todo esto,
sueñas con que esa persona sienta lo mismo por ti
y no siempre ocurre…
(Estrella)